martes, diciembre 06, 2005

los pro y contras..........

Las autoridades comenzaron a sentir la incomodidad que la presencia femenina provocaba. Esta situación estaba representado por un capellán del ejército llamado Ruperto Marchant Pereira. En una carta que él dirige a un presbítero, plantea que: ¨A indicación suya se ha mandado echar fuera a todas las mujeres que estaban allí revueltas con los soldados y se ha prohibido bajo prisión el bañarse desnudo, lo que era aquí moneda corriente a pesar de hallarse en el mismo punto, y a descubierto el baño de hombres y mujeres.”[1]
Otros reclamos están más bien ligados a la sanidad o al gasto que significa llevar mayor contingente. Por ejemplo el problema que significaba el traspaso de enfermedades venéreas. Pero más que prohibir la llegada de mujeres, se pedía que éstas fueran examinadas por lo médicos y así evitar la propagación de enfermedades de transmisión sexual. [2]
A pesar de todo lo anterior, hubo mujeres que hicieron ver que su presencia era de gran importancia y ante esto, el propio General Erasmo Escala consideró que ellas podían ser de gran ayuda en labores como enfermera, cantineras o vivanderas. “Con motivo de la orden que se nos ha comunicado a los jefe de cuerpos para procurar, por todos los medios que convenga, hacer que las mujeres de la tropa, regresen a Valparaíso, a alguna de estas, de reconocida juiciocidad y buenas costumbres, han solicitado se les permita seguir al ejército en clase de catineras o vivanderas, prestando al mismo tiempo en la enfermería particular del regimiento. Como hasta el presente no ha sido costumbre de nuestro ejército el uso de cantinera ni menos el uso de mujeres en la enfermería, por que siempre hemos carecido de estos importantes recursos para el ejército, y teniendo en vista que el cuidado diario de los enfermos está encomendado a los mismos soldados, con perjuicio del servicio me permito indicar a usted lo conveniente acordar el permiso de llevar en cada cuerpo un número limitado de mujeres vivanderas que contrajeran el compromiso de asistir y cuidar enfermos de su regimiento acordándoles a éstas alguna remuneración por sus servicios, el sueldo y rancho que corresponde a una de las plazas de soldado de la dotación de cada cuerpo.” [3]
De esta manera, es interesante destacar a las mujeres que realmente les interesaba ir a la guerra de manera responsable y con autorización. En ellas encontramos el verdadero sentimiento patriota.
Desde un comienzo la labor de apoyo que dio la mujer en este conflicto bélico se vio reflejado en actos tan pequeños como los descritos en el diario El Nuevo Ferrocarril “Las nobles mujeres de Chile que han hecho izar delante de sus moradas los colores de la patria, al tope y a media hasta, han sabido interpretar como acontecen casi siempre las emociones que en estos momentos solemnes ajitar el corazón de todos los chilenos.”[4]
Otras señoras o señoritas se sintieron comprometidas de manera más profunda a ayudar a la patria acompañando a sus compatriotas varones al campo de batalla. Seguramente las más jóvenes y con mayor espíritu aventurero decidieron tomar sus cosas y partir al norte. Es el caso de las mujeres que se alistaban, haciendo ejercicio en las orillas del río Mapocho, puesto que a ellas también les correspondía ir a la batalla. “En las orillas del río Mapocho en el barrio el Arenal, las mujeres hacen ejercicio, por que dicen que a ellas les corresponde pelear con los peruanos.”[5] En todo caso no sólo las mujeres de la capital se vieron llamadas a ir a la contienda, sino que de todos los puntos del territorio. Una de ellas fue una señorita de Atacama que fue imposible detenerla, pues ella ya había tomado la determinación de ir. “Según se nos informa, una niña joven todavía, así como supo la próxima partida de los atacameños, tomó la resolución de marchar con ellos, para ingresar como cantinera en algunos batallones de esta provincia. No se pudo convencerla de lo contrario: ¡me voy y nadie me lo impide!”[6]
Es así cómo se puede comprobar que las mujeres chilenas fueron parte de la guerra y quisieron pelear mostrando un gran patriotismo en cada lugar y cada acción que se generó.
[1] Matte Varas, Joaquín. “ Correspondencia del capellán de la Guerra del Pacífico, Presbítero Ruperto Marchant Pereira”, en Historia N° 18, Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago 1983. Carta que dirigió el Presbítero a Jorge Montes, 18 de marzo de 1879.

[2] Artículo de Paz Larraín. Mujeres tras la huella de los soldados.
[3]
Archivo de Guerra. Subsecretaría de Guerra del Pacífico. Legajo 1-529. 1879. Tomo I, N° 340, folio 331 (Antofagasta, 7 de julio de 1879)
[4] El Nuevo Ferrocarril, martes 27 de mayo de 1879.
[5] El Mercurio, Valparaíso, 23 de abril de 1879.
[6] El mercurio, Valparaíso, 7 de junio de 1880.